No fue un hackeo. Fue un permiso
Cuando un empleado de Vercel autorizó una herramienta de inteligencia artificial para que accediera a su cuenta corporativa de Google, no estaba tomando una decisión de seguridad. Estaba siguiendo un paso de configuración. Esa diferencia — entre lo que la interfaz comunica y lo que el acceso realmente habilita — es el error conceptual que hizo posible el incidente. Y no ocurre solo en empresas de tecnología: ocurre cada vez que una organización le entrega a una herramienta de IA su información financiera, sus contratos, su operación real, a cambio de un informe que llega más rápido. La información que se sube no desaparece cuando se cierra la pantalla. Y el problema, cuando llega, no llega como un hackeo. Llega como una decisión de la competencia que no se entiende de dónde salió.